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Jorge Villarino y su némesis, el comisario Evaristo Meneses. Ilustración de Osvaldo Révora.

El asunto ya era parte del paisaje urbano: los reclusos de la Cárcel Modelo de Barcelona solían comunicarse a los gritos con sus allegados desde las ventanas enrejadas de la fachada principal, sobre la calle Entenza.

En eso estaba Raymond Vacarezza, un alto dignatario de la mafia corsa, durante la calurosa tarde del 19 de junio de 1984. Con medio cuerpo afuera y las manos haciendo de pantalla acústica, dialogaba con su esposa. Es posible que entonces haya llegado a oír aquel sonido, una detonación seca, justo antes de que su cabeza estallara en mil pedazos.

Desde la terraza del edificio de enfrente, con un rifle de caza mayor, un francotirador le había disparado una bala dum-dum.

Ese “ajuste de cuentas” sumió al personal carcelario en una confusión absoluta. Y supo acelerar un plan de fuga previsto para la semana entrante, del cual el finado había sido parte. De hecho, ya tenía armas para ello y contaba con tres cómplices: el mafioso francés  Jean Baptiste Leroy (a) “Le Reptile”, un hampón catalán apellidado Artiguet y el pistolero argentino Jorge Eduardo Villarino.

No había tiempo que perder. De modo que al caer el sol de ese mismo martes se abrieron paso a tiro limpio, hasta ganar la calle, corriendo entonces en diferentes direcciones, mientras los guardias ya les disparaban a ellos.

Villarino, que cubrió con una Colt la retirada de los otros, había sido el último en salir. Y una vez en la vereda, mezclado entre peatones que también corrían, enfiló hacia la derecha. Pero un patrullero de los Mossos d’Esquadra (la policía local) lo cruzó en la esquina con la calle Rosellón.

La frenada del vehículo, musicalizada con un chirrido de neumáticos, lanzó a sus dos tripulantes sobre el parabrisas. Villarino les había empezado a disparar, cuando un golpe lo arrojó hacia atrás. El dolor explotó, y él llegó a sentir que la pierna izquierda se le partía en dos. Al caer, pudo notar la sangre corriéndole por el pantalón. Un segundo impacto –gatillado cuando ya no podía ofrecer resistencia– le hirió un brazo. Solo sintió que su cuerpo se le alejaba, rompiéndose como una roca, y luego nada…

Horas después despertó en el Hospital Clínico de Barcelona. El disparo en el brazo solo le había rozado la piel. Lo realmente molesto era la fractura expuesta de tibia. Pero más le dolió la fecha: aquel día cumplía 53 años. Eso le dio la pauta de que sus reflejos comenzaban a flaquear. 

La elección por las armas


Una de las primeras fotos de prontuario de Villarino.

Hijo de don Jesús Villarino, un puestero del Mercado de San Telmo, el niño Jorge, criado en una casa situada en la cortada de San Lorenzo, a metros de la calle Defensa, tenía cuatro hermanos mayores. Allí vivió una infancia feliz y sin sobresaltos. Lo cierto es que su padre tenía grandes esperanzas depositadas en él. Tanto es así que, al cumplir 18 años, le regaló un camioncito de reparto. Y lo usaba con creces, aunque disimulando cierto aspecto de su temperamento emprendedor. Porque “Jorgito” –como le decían en el barrio– diariamente se levantaba antes de amanecer para llevar mercadería al puerto, pero regresaba de allí con cartones de cigarrillos y cajas de whisky importados. Su dedicación al contrabando recién quedó en evidencia al año y medio, cuando fue detenido por la Prefectura. Un gran disgusto para su progenitor.

Su debut tras las rejas duró apenas unas semanas. El juez, tras firmarle la excarcelación, le advirtió al afligido don Jesús:

–Vigílelo. A este muchacho le gusta el dinero fácil.

Es justo reconocer que, después de este traspié, el joven Jorge cambió… cambió de modalidad, volcándose al asalto a mano armada.

Su primer golpe –en una agencia de turismo del centro– le deparó un botín levemente superior al precio pagado por el Gran Campeón Aberdeen Angus del año ’51. De eso se ufanó ante Marta Hebe Abato –el gran amor de su vida– con las siguientes palabras: “Por ser el primer afano con chumbo no estuvo mal, porque ligué un toro y un chanchito”. Don Jesús estaba lejos de suponer semejante variación en su conducta, aunque estaba convencido de que en “algo raro” andaba. 

A continuación, su vástago fue sorteado para el servicio militar, lo cual –según la lógica paterna– le enderezaría el comportamiento.

En tales circunstancias, de uniforme y empuñando una Ballester Molina –del coronel al que servía como chofer–, se mandó una “salidera” bancaria. La víctima fue un escribano que acababa de retirar una fuerte suma de dinero. Quiso el azar que un antiguo vecino de San Telmo lo reconociera, y no dudó en denunciarlo.

Por tal razón, con una orden de captura pisándole los talones, se hundió en las oscuras aguas de la clandestinidad. Y por años se mantuvo prófugo, sin interrumpir su escalada delictiva. Se estima que entre aquella época y 1957 habría cometido alrededor de 35 atracos de variada magnitud, sin extraviar hasta entonces su bajo perfil.

En parte, eso último fue fruto de haber fijado residencia en Montevideo, junto a Marta. Allí, a modo de cobertura, regenteaba una flota de camiones.

Durante el invierno de ese año, sus amigos en Buenos Aires empezaron a planear lo que sería el atraco más espectacular de la época; el objetivo fue  la tesorería del Ministerio de Salud Pública, ubicado en Paseo Colón 329.

El “Pibe” –tal como ya lo llamaban en el ambiente– no se mostró muy entusiasmado, y así se lo hizo saber a Marta.

–¿Qué pensás hacer? –preguntó ella.

–Y…si los agarra la yuta, aunque yo no esté metido, igual me como un garrón. Si estoy, a lo mejor las cosas salen bien. 

Y tras una pausa, agregó:

–Perdido por perdido, me mando con ellos.

Durante la mañana del 28 de agosto, Villarino y otros cinco pistoleros se apoderaron del botín en un entrepiso del edificio; todo transcurrió en apenas tres minutos y sin disparar un solo tiro. Lo robado ascendía a dos millones y medio de pesos, un record absoluto para la época. Villarino regresó a Montevideo esa misma tarde.

En realidad, las complicaciones aflorarían poco después, cuando uno de los integrantes de la gavilla le obsequió un lujoso automóvil a su hermano.

Villarino fue detenido en el barrio de Pocitos por el comisario uruguayo Alejandro Otero (quien posteriormente tuvo renombre como árbitro de fútbol). Y éste se lo entregó en bandeja a quien, desde entonces, protagonizaría –como en alguna novela de Joseph Conrad– un duelo con el pistolero que se estiraría a través del tiempo. Era nada menos que el mítico jefe de la División Robos y Hurtos de la Policía Federal, comisario Evaristo Meneses.

El Rey del Boleto


Todo un personaje, Meneses fue tapa de revistas de actualidad.

Ya alojado en el penal de Villa Devoto, el 10 de septiembre de 1958 puso los pies en polvorosa junto con otros seis presos, después de maniatar a la guardia nocturna. El resto consistió en llegar a los techos y, valiéndose de un cable, se descolgaron para esfumarse.

La libertad le duró 40 días (en los cuales cometió siete “achacos”), hasta caer otra vez en manos de Meneses. Bajo rigurosa prisión preventiva, esta vez Villarino fue recluido en el viejo penal de Caseros. Hasta el 18 de mayo de 1960.

Durante la madrugada de aquel miércoles, hizo un boquete en el muro del pabellón donde se alojaba; luego salió al patio y, con una escalera alcanzó el borde superior del muro perimetral, de donde se descolgó con ocho sábanas anudadas. Así llegó hasta la calle Pichincha. Los guardias demoraron varias horas en advertir su ausencia.

Meneses fue informado de la novedad a la mañana. De inmediato inició la cacería. Ocho patotas policiales fueron comisionadas a tal efecto.

Tres días después, al “Pardo” –tal como se le decía a Meneses– le llegó un dato por boca de un alcahuete: Villarino iría esa misma tarde a un galpón ubicado en la esquina de Salta y Brasil para adquirir una “matraca” Halcón. El dispositivo para capturarlo no dejó detalle librado al azar.

Tanta fe tenía en su propia eficacia que distribuyó a la tropa de azules alrededor del galpón con el deleite de quien paladea el éxito por anticipado.

Recién entonces, pistola en mano, avanzó con pasos estudiadamente enérgicos hacia el único portón de aquella enorme estructura de chapa para ir al encuentro del prófugo. Pero, con un movimiento relampagueante, Villarino emergió de la nada, logrando desarmar al Pardo delante de sus hombres.

El Rey del Boleto, en una de sus tantas detenciones.

Meneses quedó con su propio bufoso encañonado en la sien. Esa tensa situación se prolongó por algunos segundos que parecían eternos.

Villarino lo tenía a su merced, pero sabía que si le disparaba no saldría con vida del lugar. Resolvió entregarse, aunque con la satisfacción de haberle perdonado la vida a su pesadilla predilecta.

Su siguiente escala fue la Penitenciaría Nacional, sobre la avenida Las Heras. De allí también huyo, deslizándose con una soga del muro lindante a la calle Paunero. Eso sucedió el 18 de septiembre de 1961. A partir de entonces, la prensa lo apodó “El Rey del Boleto”.

Sería recapturado meses después en Río de Janeiro por Interpol para ser enviado a Buenos Aires. Los periodistas se hicieron un festín con su llegada al aeropuerto de Ezeiza. Y Meneses lo recibió con su mejor traje.

Condenado luego a 20 años, la existencia de Villarino transcurrió con una lentitud atroz en la cárcel de Devoto. Allí, en 1965, recibió la inesperada visita de Meneses. Y le extrañó que éste, a modo de saludo, le pusiera con calidez una mano en el hombro.

–Te traigo una mala noticia, Pibe –fueron sus palabras.

Tal fue el preámbulo para decir que Marta había muerto en un accidente vial. Eso ocurrió durante una madrugada, en compañía de un hombre y otra mujer, quienes también perdieron la vida. Volvían de una “boite”.

Desencajado, Villarino preguntó si su esposa (se había casado con ella el año anterior en el penal) iba junto al conductor o en el asiento trasero.

La respuesta fue:

–Iba adelante. Lo siento mucho, Jorge. 

Aquel dato fue para el pistolero una puñalada adicional. Villarino recuperó la libertad en 1975.

Europa, Europa


El comisario Meneses, inmortalizado por la pluma del dibujando Solano López.

Habiendo entablado en el penal un vínculo de suma confianza con el mafioso francés, François Chiappe, viajó a Marsella para integrarse a la Unión Corsa.

De allí en más, alternó quehaceres vinculados al narcotráfico con asaltos a mano armada, como para despuntar el vicio. Por lo pronto, en 1983, un asalto a una joyería de Valencia –en el cual fue abatido in policía– lo llevó a la Cárcel Modelo de Barcelona.

Al ser detenido, se identificó con un pasaporte paraguayo a nombre de “Eduardo Leguizamón Vidal”, bajo esa identidad fue condenado a 26 años de reclusión, sin aclarar quién realmente era.

Así llegó el 19 de julio de 1984.

@Hundido en una maraña de recuerdos, Villarino sobrellevó de malagana su quincuagésimo tercer cumpleaños tendido en una cama de Hospital Clínico de Barcelona. La herida de bala en el fémur le resultaba insoportable. Una semana después regresó a la Cárcel Modelo.

Nunca más se volvería a fugar.

Fue en su celda, a fines de 1993, donde se enteró –a través de un recluso argentino– del fallecimiento de Meneses por causas naturales. Se dice que ello le causó cierta pesadumbre.

Para entonces, la prensa ya lo había olvidado. Ya nadie le decía “El Rey del Boleto”. Para sus pares era, simplemente, don Jorge.

 

El tipo salió en libertad en marzo de 1997. Y desapareció sigilosamente de la escena. En realidad había viajado a Italia. Tres meses después, ya a los 66 años, intentó “hacer” –con tres ladrones inexpertos– una sede del Instituto Bancario Cariplo, en Milán. Fue un fracaso que lo llevó de inmediato a la cárcel de Vigevano.

Su corazón lo acribilló dos años después.

Eduardo Villarino está enterrado en el Cimitero Maggiore di Milano, bajo una lápida a nombre de tal Leguizamón Vidal. Un prófugo hasta en el Más Allá.     

Fuente: telam.com.ar

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